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martes, 13 de julio de 2010

Despacito.

Pasito a paso. Ahora uno, luego otro. Así: despacio; despacito. Nadie conoce mejor que ella cada dibujo de la madera de la vetusta escalera del edificio sin ascensor en el que vive. En la última planta: la cuarta.

Cada nudo, cada rugosidad está dibujada en su memoria. Los arañazos del pasamanos y los corazones con flecha, iniciales y fecha que grabaron a punta de navaja le son también más que familiares.

El portal: mal iluminado; el suelo, irregular: empedrado con adoquines. El dintel de la puerta con un travesaño a la altura del suelo. Mucha gente tropieza pero ella no: de ninguna manera puede permitirse esa torpeza; además, sabe bien que está allí porque ella, cuando camina, siempre mira al suelo. No puede hacer otra cosa.

La portera. El saludo.

Conoce palmo a palmo todo el recorrido desde su casa a la iglesia, la farmacia, la lechería y el colmado de la esquina. También se acerca los domingos al kiosko. A comprarle algún tebeo a los nietos.

--Ese coche lleva ahí aparcado hace lo menos dos meses -piensa-. ¡Cómo está de hojas y de polvo!

En una cesta de mimbre, junto con una bolsita de plástico, lleva un objeto envuelto en papel de alumnio. Podría ser una empanada, por su tamaño cuadrangular. Al pasar junto a una papelera arroja el plateado paquete a su interior.

La bolsa está levemente anudada: lo justo para que no se escapen las miguitas de pan que lleva dentro. Deshace el nudo con facilidad y a puñaditos, las esparce por el suelo. Espera un poco, agachadita, sustentándose en el bastón que tiembla igual que su mano nervuda llena de relieves azules y alargados. Mira los gorriones que saltan de aquí para allá. Se entrega a contemplar cómo pica un minúsculo trocito de pan el pajarito más gordo, disputando luego otro pedazo mayor con ese gorrión de pintas blancas que acaba de llegar.

Dos hombres de trajes grises circulan a grandes zancadas, deprisa, con el maletín por delante, abriéndose paso con él entre la gente como si fuese un machete que cercena la maleza en la selva. Con un gesto de fastidio tienen que seguir su camino por la calzada, rodeando los coches aparcados, pues la viejecita está en medio de la estrecha acera, copándola, con sus miguitas y sus gorriones.

--Pitas, pitas -- murmura ella entre encías, pues dientes no le quedan.

Sonríe recordando la pequeña granja, allá en el pueblo, cuando era moza. Le gustaba dar de comer a las gallinas y le divertía verlas comer.

Se acabó el pan desmenuzado. Los pajaritos también. Se fueron sin mirar atrás, sin siquiera dar las gracias… --¡pero ellos son así! : -piensa la mujer -- No se le puede pedir sonrisas a seres desagradecidos. Lo único que sé es que a ellos les gusta el pan y a mí me gusta dárselo.

Reanuda su trabajoso caminar siguendo su habitual recorrido, tan lleno de minúsculos e insignificantes detalles que a todos pasan inadvertidos menos a ella. Al fín y al cabo es su pequeño mundo.

Quien iba a decir que en ese mismo instante y en el hogar de la anciana, dentro de la bañera, la asistente social, inerte, luce algunas puñaladas.

Asoma su antebrazo izquierdo al que se le amputó una mano para ser envuelta en papel de aluminio, siendo ésta la primera pieza de un laborioso proceso de deshacerse del cuerpo: poquito a poco. Despacito.

-- Nunca me llevarán a un asilo. Amo mi escalera, mi portal, mi caminito hacia la iglesia; los pajaritos, las migas... --Se decía a sí misma con firme resolución mientras caminaba pasito a pasito, lentamente, hacia la ferretería de arriba.

lunes, 7 de junio de 2010

TENEMOS QUE LEVAR A LA NIÑA AL PSICÓLOGO.


TENEMOS QUE LLEVAR A LA NIÑA AL PSICÓLOGO.


Género: Melodrama cabaretero de mesa camilla. Esperpento de coles y planchas. inflación conductual evidentísimamente esopopiano-behaviorísitica.


Y se anudó con fastidio el lazo.

Quitó los pies de la mesa, bajó el volumen de la tele y no hizo ruido durante la
siesta. Intentó comerse toda la sopa pero una arcada frustró su intento.

Y se puso el vestidito tan mono que le regaló tía Angustias, y fue a
clase de ballet, y de Judo, y de horticultura, y de solfeo y de inglés y
de bordados. Y fue de visita a ver a los abuelos, el sábado; a tía
Angustias el domingo por la mañana y a la abuela Martina después, por la
tarde.

Y fue a misa el domingo, claro. Antes de ir a casa de tía Angustias. Con
lazo a la espalda, a la altura de la cintura. A ella no le gusta y eso
que, según su madre, iba preciosa, con el otro lazo a juego en el pelo...

-- ¿Qué tal en el cole?
-- Bien , mamá
-- ¿Solo bien?
-- Sí..
-- Aaaanda, cuéntate algo
-- Bueno; verás, es que… hay un chico que...
-- ¿Un chico? ¿qué chico?
-- Uno. Se llama Pedro.
-- Ah, sí, el gordito ese de gafas.
-- No, mamá... Ese es Manu.
-- No te toques la frente. Te lo tengo dicho. Los granos...
-- Sí, mamá; digo... No, mamá. Bueno, pues eso, que el chico ese...
-- ¿Qué chico?
-- Pedro.
-- Ah, sí; eso que me querías contar.
-- No, yo no te quería contar nada; tú me has preguntado.
-- Claro, Por eso. Nunca quieres y es que si no te pregunto no me cuentas
nada de tus cosas.
-- Porque no te interesas por ellas.
-- ¿Qué no me intereso? Claro que me intereso, hija; venga, cuéntame lo
de Manu.
-- Pedro.
-- ¿Qué Pedro? Ah, sí, que se llama Pedro, el gordito.
-- No está gordito, mamá.
-- ¿Pero no me decías que estaba gordito?
-- No, mamá; eso lo decías tú.
-- ¿Yo? Yo no conozco a ningún Pedro. Desde luego, niña, no te aclaras.
-- No, mamá; no me aclaro...
-- Con esa actitud no vas por buen camino. Oye, no pongas esa cara.
Veeenga, cuéntame, que soy tu madre. Para una vez que quieres hablar
conmigo...
-- Jo, mamá...
-- Jo, ¿qué? Y no digas palabrotas.
-- No es una palabrota, mamá; si quieres te lo cuento pero préstame
atención, ¿vale?
-- Es casi una palabrota y no me gusta que digas "jo". Es muy vulgar.
¿Qué me decías?
-- Bueno, pues eso; que Pedro, al salir del colegio, me ha dicho que
había una niña que le gustaba y...
-- ¿Ya empiezan con esas cosas? Pues sí que estamos buenos...
-- Mamá, son cosas normales. Casi todas las niñas...
-- Las revistas. Esas revistas tienen la culpa de todo
-- ¿Qué revistas?
-- Super Pop y esas tonterías que compráis.
-- Yo no las compro. Tú no me dejas.
-- Estaría bueno. Yo velo por tu educación y esas cosas no son para tu
edad.
-- Pues todas las niñas las leen.
-- ¿Pero tú crees que estáis en edad de andar con cosas de amores, de
ídolos, y esas fotos de cantantes medio desnudos?
-- No van medio desnudos, mamá. Además tú no las has visto.
-- Nooo, ni falta que me hace. No necesito más que ver las portadas.
-- Bueeeno, mamá. Lo que te contaba: que Pedro me dijo que le gustaba
una niña y me acompañó hasta casa. Al llegar, me dio un papelito y salió
corriendo
-- Oye, ¿Te lavaste el pelo?
-- Sí, mamá; anoche.
-- Sí, es verdad, pero mira como lo llevas. Todo enredado y claro, parece
que está sucio.
-- Pues me lo cepillé
-- Te lo cepillaste, te lo cepillaste... Te hicite plas, plas y hala, ya
está.
-- Y bueno, resulta que el papelito.
-- ¿Qué papelito?
-- El que me dio Pedro.
-- Aaaah, sí, claro. Tráeme un vaso, anda.
-- Voy. ¿Grande o pequeño?
-- ¿Qué mas da?. Uno cualquiera.
-- Toma el vaso.
-- Pero con agua, hija; no estás en lo que hay que hay que estar, ¿para
qué quiero un vaso vacío?
-- ¿Y yo que sé? Tú me has pedido un vaso.
-- Pero hija, es que parece que hay que explicártelo todo.Estoy
planchando y tengo sed.
-- Vale, mamá.
-- ¿Qué me estabas diciendo?
-- Pues que Pedro me dio un papelito, salió corriendo y me decía una
cosa.
-- Aaah, sí. Ayúdame a doblar esta sábana. No, así no; cógela del borde y
estira.
-- Sí mamá. Pues me decía que era muy guapa
-- ¡Niña!: ten cuidado, caramba, ¿No ves que está tocando el suelo?
-- Perdón. Bueno, y eso.
-- Y eso, ¿qué?
-- Que era muy guapa.
-- ¿Quién?
-- Yo.
-- Mira, niña; te tengo dicho que te dejes de tonterías de chicos, que ya
tendrás tiempo para eso. Lo que tienes que hacer es estudiar y estar más
con nosotros, no todo el día ahí encerrada en tu cuarto, oyendo música.
-- (jo)
-- ¿Qué piensas? ¿por qué pones esa cara? ¿ya está de morros? Hija, desde
luego, contigo es que no se puede hablar. No se te puede decir nada sin
que te enfades.
-- (...)

Terminaron de doblar las sábanas. La madre, tras recoger la plancha, la
tabla y la ropa, no vió a su hija en el salón. Escuchó música en su
habitación que estaba, como de costumbre, con la puerta cerrada.

-- Señor, señor; --se lamentó, compungida, para sus adentros-- ya se ha
vuelto a encerrar en su cuarto a escuchar música. Esta niña.... ¡Yo ya no
sé que hacer para que se comunique conmigo!. Me estaba contando no se qué
de no sé cuantos... ¡ah sí!, esas tontunas de chicos -¡Dios mío, cada
vez empiezan más pronto!- y para una vez que habla conmigo, se aburre y
me deja a medias de nuestra charla. Se lo diré a su padre. Me tiene
preocupadísima. Creo que lo mejor será llevarla al psicólogo, si, si,
ssssí, pero después de ballet y solfeo, claro. Tantos esfuerzos por ellos
y no nos agradecen nada. Qué egoista es la juventud, señor, señor

sábado, 15 de mayo de 2010

Sé que soy un cabrón contigo, pero así es la vida: la vida es sueño y los sueños, sueños son.



Siempre te empeñas en acompañarme y bien pesadita que te pones. Sé que gustas de bañarte en mis grandes, claros ojos verdes y yo suelo apartarte de mi lado con verdadero desprecio. Casi todos los días te pegas a mí pero yo, inflexible, me deshago de ti, sin prestarte atención, apenas sin molestarme en esbozar la mueca de asco que me produces, olvidándote al instante. No me conmueve tu insistencia, tu fidelidad en formar parte de mi persona. No me conquista esa fidelidad extrema, cotidiana que hacia mí muestras pero... ¡hoy deseo que aparezcas! Sólo porque ya casi estoy convencido de que esta mañana no te veré. Pese a ello, es probable, casi seguro que vuelva a ser cruel contigo, sí, pero si supieras cuánto pensé en tí a lo largo de la noche, cuanto deseé, anhelante, que aparecieses esta mañana, conmigo, en mi lecho, tú y yo, solos... Pero no te alegres ni lances las campanas al vuelo. Sí, hoy te añoré, te deseé, quise verte conmigo, sentirte en mi piel, casi más que cualquier otra cosa en este mundo pero he de serte sincero. Te deseé porque te necesitaba. Pura cuestión fisiológica. Así de egoísta soy contigo. Y no, no es capricho. Es deseo real, necesidad pura de ti. Pero circunstancial. Para hoy. Tal vez vuelva a desearte la semana que viene, o pasado mañana, o dentro de dos meses pero mientras no te desee e insistas en volver a mi lado, nada más aparecer te echaré sin contemplaciones si tu visita no es deseada. Casi nunca lo es. Incluso si es deseada también me deshago de tu tenaz, pegajoso abrazo, y es que me pareces repulsiva pero sí, repito, hoy deseé que amaneciésemos juntos. tu deseada presencia al despertar habría sido la consecuencia de haber podido yo dormir un poco, en esta nueva y angustiosa noche de insomnio. Sí, hoy quise notar tu presencia, tu materia, al despertar, en mis ojos: despreciable y repugnante legaña.

lunes, 10 de mayo de 2010

SU COMPAÑERA

 

No sabía muchas cosas de los libros pero sí del volar de los pájaros y de la música del viento. No quiso aprender sino vivir respirando, a la deriva, dejándose manejar por la brisa o la tempestad, por la calma o las olas furiosas del mundo enloquecido en el que le tocó vivir. Quiso ser mente limpia y respirar a pulmón abierto. ¿Qué sucedía en su alma? Nadie lo supo jamás. Él tampoco lo sabía pues no tenía elementos, personas con quienes contrastarse pues a nadie conocía. Si le apetecía comer, comía; si dormir, dormía; si amar, amaba. Eso sí: dormir, dormía poco; comer, comía menos; amar, amaba, sí, pero de una manera extraña porque no tenía a quien. Nadie le dirigía la palabra, nadie le prestaba atención. Y le daba lo mismo, le importaba un pepino. Hasta que un día ella apareció en su vida.

La chica era bonita. Todas las mañanas la saludaba.

-- Buenos días mi amor --le susurraba casi emocionado mientras ella le sonreía, como siempre -- De acuerdo, de acuerdo -- reflexionaba en conversación consigo mismo-- : ella parece sonreir a todos quienes pasan por su lado pero ela sabe que soy yo quien la ama, quien la admira, quien la venera.

Lo sabe porque se lo he dicho y porque se me lee en los ojos. Nunca le pido ni le reprocho nada. No la atosigo, no me insinúo, no le pido que camine a mi lado. Solo la amo y me conforta el alma amarla. Por las noches pienso en ella y por las mañanas sonrío al saber que está ahí y ahí sigue, que no fue un lindo sueño sino realidad --seguía diciéndose para sus adentros al tiempo que la contamplaba con agrado, viendo que no dejaba de sonreir.

-- A veces me pongo a su lado, recostado contra la pared y le cuento mis cosas. Ella nunca me contesta pero, como siempre, bendita sea, sonríe. Esos dientes blancos, perfectos, enmarcados por unos labios finos tan bien dibujados... Ella nunca me responde pero me escucha; al menos eso es lo que parece y además puedo decirle lo que quiero. Todo. Absolutamente todo.

Y es que tengo mucha confianza con la chica del cartel.

Esta mañana lo arrancaron. El cartel. Ya no está. ¿Por qué se lo llevaron? La echaré de menos, ¡Dios, si la echaré de menos! Y ella a mí también. Eso creo o al menos eso quiero creer . Sí, estoy seguro: ¡Me echará de menos!. ¿Acaso alguien le dijo cosas tan bonitas como las que yo le dedico, tan sentidas, tan sinceras?

Hubiera deseado tanto que siguiera aquí, la chica del cartel, sonriente, con su micrófono en la mano... ¡Gran Konzierto!, ponía... Ahora no tengo a quien contarle mis cosas. Bueno, se las puedo contar a la farola de la esquina pero no es lo mismo...

  -oOo-

No, verdaderamente, no fue lo mismo. Y pasó de no necesitar nada a echar de menos todo. Y cuando día tras día, semana tras semana, mes tras mes la ausencia se le hizo intolerable y aquella sonrisa se desdibujó de su memoria le encontró utilidad a la farola. A la farola y a la cuerda esa que llevaba siempre por si un día pudiese encontrarle alguna utilidad añadida a la de atarse los pantalones.

--¿Porqué arrancaron ese cartel? -- musitaba

justo al tiempo que desasía sus dedos dejándose caer, con su corbata de cáñamo buscando implacable la tensión definitiva que hiciera encajar el nudo a la perfección y de un solo golpe.

domingo, 9 de mayo de 2010

Viernes de Velas - Relato -

Viernes de Velas


Las ventanas de todas las casas habitadas de la ciudad estaban abiertas. Faltaban pocos días para que llegase el verano y hacía algo de calor pero no lo suficiente como para tener funcionando el aire acondicionado. Acababa de anochecer y las fachadas de las viviendas estaban plagadas de cuadraditos amarillos que indicaban que, además de existir luces encendidas, detrás de cada una de esos huecos con los visillos recogidos había vida, dando un cierto aspecto humano a las moles de cemento que ocultaban a las personas que se movían tras sus ladrillos: hombres, mujeres, niñas y niños que pensaban, leían, hablaban por teléfono, jugaban, cocinaban o simplemente miraban la televisión.

También había luz en las ventanas del piso trece de un moderno edificio de la calle de los Cántaros. Una de ellas, además de los destellos de la lámpara, emanaba notas musicales, si es que a aquello se le podía llamar música. Alguien estaba escuchando un disco a todo volumen y al son de ese infernal ritmo bailaba Sonia ante un espejo tratando de buscar cierta gracia en sus movimientos. El viernes siguiente iba a ir por primera vez en su vida a la discoteca junto con sus amigas. Acababa de cumplir quince años y tras muchos ruegos, sus padres le dieron permiso para ir, siempre que no llegase más tarde de las nueve y media. Iba a ser un día grande aquél viernes, pensaba la chica, que contaba las horas para que llegase el momento anhelado.

La habitación de Sonia comunicaba directamente con el salón de la casa, que era al mismo tiempo el comedor. Allí podía encontrarse lo que en casi todos los cuartos de estar de la mayoría de los hogares: un hombre repanchingado en el sillón, leyendo el periódico y mirando la tele de reojo. Se trataba del padre de Sonia. Hacía poco que llegó del trabajo. Le estaba poniendo nervioso el estrépito que montaba su hijo de seis años, Alberto, que tenía agarrado de la cola al enorme perro anaranjado de la familia, que soportaba con santa paciencia todas sus barrabasadas.

También había luz en la cocina. Violeta estaba allí dentro, trasteando, como todas las noches. Sólo le faltaba bañar en huevo batido seis croquetas para luego empanarlas y freírlas con ese arte que ella tenía para cocinar.

De repente, todo se oscureció como la boca de un lobo.

--¿Qué ha pasado? –preguntó Violeta, fastidiada, con las manos pringosas de huevo y buscando a tientas el grifo del fregadero para lavárselas.
--Se ha ido la luz.
--¿Han saltado los plomos?
--¿Y yo que sé? –gruñó Gonzalo
--Pues mira a ver.
--Ver, lo que se dice ver, no creo que pueda porque está todo muy oscuro.
--Enciende una vela.
--¿Con qué? Hace dos meses que dejé de fumar y tiré a la basura todos los mecheros, para que no me recordasen el tabaco.
--¿No hay unas cerillas en el cajón de los manteles?
--Eso quisiera yo: llegar al cajón de los manteles. Y a saber si encontraré alguna caja, pues hace ya tres años que tenemos la cocina eléctrica, igual que el calentador, y no las necesitamos para nada.
--¿Qué ocurre? – se oyó levemente la voz de Sonia, tras la puerta de su habitación-- ¿Por qué habéis apagado la luz?
--Nadie ha apagado la luz, niña –alzó la voz su padre para que pudiese oirle--: Han saltado los plomos o igual es un apagón general.
--¿Un apagón general? --¿qué es eso?, ¿un soldado con muchas medallas? –preguntaba Alberto, con temblorosa voz pues estaba bastante asustado aunque trataba de disimularlo.
--No, hijo; ¡qué cosas tienes!, ¿Qué tienen que ver los apagones con los militares?
--Bueno, ¡y yo qué sé!, nunca he visto un apagón.
--Los apagones no se ven, tonto –contestó su hermana al tiempo que abría la puerta de su cuarto.
--¿Y por qué no, lista?
--Pues porque la razón de ser de los apagones es que te quedes a oscuras, como ahora, y no se ve nada.
--Aaah.
--Y por cierto, papi, desde aquí veo todo el barrio sin luz, por lo que sí, parece que es un apagón.
--¿Encuentras las cerillas o qué? –gritaba Violeta desde la cocina.
--Pues no: si tuvieses la casa más ordenada…
--Oye, guapo: la casa es cosa de los dos, que yo también trabajo, igual que tú
--Sí, pero…
--Sí, pero... ¿qué?
--Nada, nada; tengamos la fiesta en paz –cortó el marido--.
--Pues para tener la fiesta en paz y que además yo pueda disfrutar un poco de ella, bien que podías ayudarme. ¿Qué digo ayudarme?: ¡Bien podías compartir el trabajo de la casa conmigo –se empezó a enfadar Violeta.
--Oye, que yo te ayudo. A veces. Además tú eres una mujer y…
--¿Y qué? ¿qué tiene que ver el que yo sea una mujer con el trabajo de la casa?
--Pues eso. Mi madre en su casa se ocupa de estas cosas.
--Tu madre es tu madre y yo soy yo. Los tiempos cambian, ¿sabes?
--Mira Violeta, no me des la murga que he tenido un día muy malo en el trabajo.
--Huy, pobre: fíjate qué mala suerte. Yo, sin embargo, como trabajo en la empresa de la alegría, que vienen a buscarme en carroza para llevarme a la oficina, me sacan una alfombra roja desde la calle hasta mi mesa y mis jefes que nunca se enfadan siempre me están regalando flores y bombones y todo es maravilloso…
--Que sí, Violeta, que ya lo sé, que sí, que vale, que tú también tienes dificultades en tu oficina, pero es que entiéndeme, yo tengo mis responsabilidades y… ¡bingo!, ¡ya las he encontrado!
--¿El qué?
--Las cerillas. ¿Qué iba a ser si no?, ¿los calcetines de tu abuelo?
--Vaya día que tienes hoy, majo: no hay quien te aguante. Casi es mejor que vuelvas a fumar… ¡venga!, enciende una vela.
--Eso quisiera yo, encender una vela.
--¿Y porqué no lo haces?
--Porque no sé dónde están las velas.
--En el armarito donde guardas tus pastillas para el ardor de estómago. Todos los días lo abres dos veces para tomarte una y ni siquiera te fijaste nunca en que están ahí.
--Tú tampoco tienes el día bueno, ¿eeeh?
--Sí lo tenía hasta que tú....
--¿Por qué os estáis peleando siempre? –preguntó Alberto, casi sollozando, abrazado a Rufus, su perro, sintiéndose protegido de esta manera, tanto de la oscuridad como de la discusión de sus padres.
--¿A ti quién te ha dado vela en este entierro, niño?. Hablando de velas: ¡aquí hay una!

Gonzalo encendió la mecha y puso la vela en medio de la mesa del comedor. Con la leve iluminación, Violeta pudo guiarse hasta el salón sin miedo a tropezar con nada. Alberto y Sonia hicieron lo mismo aproximándose a la tenue luz que tan pronto temblaba ligeramente como se quedaba toda tiesa, inmóvil, como si fuese una fotografía en lugar de una llama viva.

Un pequeño y agradable aroma de cera perfumada impregnaba el aire que todos respiraban, muy juntos, pues se habían sentado en sillas alrededor del humilde foco de luz.

Alberto estaba fascinado. Las caras de cada uno de los miembros de su familia se veían extrañas, llenas de sombras. Eran los mismos ojos, las mismas narices, pero nunca había visto aquellos rasgos tan familiares de esa manera tan nueva, tan diferente. A su padre, por ser más alto, la luz le iluminaba de abajo a arriba y le daba un aspecto fúnebre.

--Pareces San Questéin, papá.
--¿San quién?
--San Questéin, el monstruo ese que tiene la cabeza plana y que es muy grande.
--¿Qué dices, niño? No sé de qué me hablas.
--¿San Questéin?, jaaajajajajaja –se reía Sonia.
--¿Y tú de qué te ríes? –intervino la madre.
--Del niño. San Questéin, dice. Se refiere a Frankenstein.
--¿Y tú cómo sabes quién es Frankenstein? –indagó la madre.
--Sale en una peli de dibujos, que es de “mostruos”. También hay pampiros –explicaba el niño.
--Vampiros, chorlito –seguía pinchándole Sonia.
--Franquenstein, vampiros… ¡vaya personajes para incluir en una serie de dibujos animados para niños –gruñía Gonzalo.
--Pues a mí me gusta y no me da nada de miedo.
--¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Sonia, fastidiada, pues se le había interrumpido su ensayo de baile para triunfar el viernes.
--¿Pues qué quieres que hagamos? Aguantarnos y esperar a que venga la luz –solucionó su padre.
--Bueno…
--Pues vaya fastidio.
--Sí que lo es.
--Qué aburrimiento.
--Sí, vaya rollo.
--Si al menos me hubiera dado tiempo a hacer la cena…. –se dolía Violeta.
--¿Y por qué no la haces, mamá? Puedes encender otra vela y llevártela a la cocina –sugería Sonia.
--Sí, claro. Y las croquetas las frío con el calor de la vela. ¿No ves que la cocina es eléctrica?
--Ah, claro.
--¿Por qué no pedimos una pizza? –Propuso Albertito.
--Eso es lo que tú quisieras, niño. Que pidamos una pizza. Seguro que en cuanto cuelgue el teléfono, vuelve la luz y ¡hala!: dinero tirado a la basura.
--Bueno, mamá --intervino su hija--: no es tirar el dinero. Al fin y al cabo la pizza no la vamos a usar para hacernos un gorro mejicano sino para comérnosla, y las croquetas se pueden freir mañana.
--De eso ni hablar. Esperamos un poco a que vuelva la luz, y si vemos que tarda, entonces no habrá más remedio que pedirla pero de momento, esperamos.
--Y mientras tanto, ¿qué hacemos? –preguntaba Alberto.
--Fastidiarnos y hacer lo que dice mamá: esperar –suspiró su hermana.
--Bueno, bueno…
--Pues sí que…

Gonzalo empezó a silbar una cancioncilla mientras Violeta daba golpecitos de impaciencia con la yema de los dedos sobre la mesa. Sonia tosió un poco, de puros nervios, pues se sentía incómoda, allí, sentada, sin música y sin tele..

--Si al menos no te hubieses olvidado de recargarme el MP3, papá…Y también podían inventar los televisores a pilas, digo yo… para estos casos vendría bien –comentaba Sonia.
--Cuando yo era pequeño, en el pueblo, no teníamos tele –recordaba ensoñadoramente el padre--. Había luz, claro, pero mi familia era muy humilde y por ahorrar nos reuníamos todos en torno a la chimenea pues, eso sí, leña siempre encontrabas en el monte.
--¿Y qué hacíais, papá? –preguntó Sonia, distraída, por decir algo.
--Hablábamos.
--¿De qué?
--Pues de esto, de aquello… no sé, de cosas.
--Vaya rollo.
--Bueno, a mí me gustaba. Se escuchaban cosas interesantes de los mayores.
--¿No tenías tele, papá? –inquiría el niño.
--No, hijo. Eran muy caras y había pocas.
--¡Hala! ¿Y has dicho que eso era cuando eras pequeño?
--Sí, cuando era pequeño.
--Pero… ¿tú has sido pequeño, papá?
--Sí claro.
-- Pero.. ¿pequeño, pequeño?, ¿cómo yo?
--Qué cosas tienes, niño; claro, como tú, y más pequeño.
-- ¿Y también fuiste un bebé?
--Síiii, fui un bebé, como todo el mundo.
--Jopeta. Y... oye, papi: ¿el vecino de arriba, Don Luis, el médico, que es tan viejecito, también fue un bebé?
--Desde luego, niño, mira que preguntas tonterías... –le pinchó Sonia.
--¡Déjale!: no te metas con tu hermano. Si pregunta cosas es porque no las sabe –cortó la madre.
--Pero es que eso lo sabe todo el mundo.
--¡Sonia!, ¡ya está!: te he dicho que te calles.
--Bueno, está visto que no se puede ni hablar en esta casa.
--Sí se puede, sólo que tú te dedicas a fastidiar a tu hermano y ya podrás con él que sólo tiene seis años…
--Papá –interrumpió Alberto.
--Diiime.
--Y cuando tú eras pequeño, ¿a qué jugabas?
--Pues a lo que todos los niños, claro.
--¿Al videojuego?
--¿cómo iba yo a jugar al videojuego?
--¿Por qué no?
--Pues porque no tenía.
--¿También eran caros?
--Noooo: es que no se habían inventado, que todo hay que explicártelo –volvía Sonia a las andadas.
--Niiiiiñaaaaa… --volvió a intervenir la madre.
--Vale, vale; ya me callo.

Se hizo un pequeño silencio mientras Alberto miraba expectante a su padre, esperando a que continuase, pero este parecía estar inmerso en sus preocupaciones, como tantas veces cuando volvía del trabajo.

--Oye, papá:
--¿Qué quieres ahooooora?
--Es que no me has contado que a qué jugabas…
--Pues… tenía un aro. Un aro de metal. Era de mi padre y me enseñó a usarlo. Yo lo hacía rodar dándole golpecitos con un palo.
--Hala, ¡qué divertido! –ironizaba Sonia
--Pues la verdad es que sí lo era. No resultaba fácil y yo lo rodaba muy bien. También tenía un yo-yó Russell
--¿Qué es eso, papi?
--Un juguete.
--¿A pilas?
--No, de cuerda.
--Aaah, de esos que le das cuerda y se mueven.
--Nonononono. Ya veo que estoy dando por sentado que entiendes cosas que sin embargo no has vivido y no puedes comprenderlas. Perdóname.
--¡Hala!
--¿Qué pasa?
--Que me has pedido perdón a mí, que soy un niño.
--Sí, hijo. Te he pedido perdón. Y me doy cuenta de que tampoco estás acostumbrado a ello – casi susurró cambiando el tono de su voz.

Violeta miró a su esposo sin que él se percatara y sonrió levemente

--¿Sabes, Albertillo? – preguntó Gonzalo a su hijo, con un tono de voz mucho más dulce, con una entonación muy diferente a la que había mantenido antes.
--¿Qué, papi?
--Pues que sí: que cuando yo era pequeño, como tú eres ahora, jugaba a muchas cosas a las que tú no has jugado nunca, porque todo era diferente. Verás: yo vivía en un pueblo, que es como una ciudad pero mucho más pequeño y con casitas bajas, antiguas y humildes. Al menos mi pueblo era así.
--¿ Y no vivías en Madrid?
--No, mi niño. Era un pueblito chiquitín en el que apenas se veían coches, y sin embargo veías mulas y a veces alguna que otra gallina, que picoteaba tranquilamente a la puerta de las casas de sus dueños.
--Hala, ¡qué chulo!, ¡gallinas vivas!
--Síiii, jajaja, vivitas y picoteando.
--¡Sigue!, sigue, papi:
-- El caso es que como apenas pasaban coches había mucha paz y tranquilidad; además, todos nos conocíamos. Por eso yo estaba siempre en la calle o en el campo, porque... ¿sabes?: ¡teníamos el campo al lado!
--Jopé, ¡qué suerte!
--Sí, era una suerte, no lo dudes. Yo tenía un tirachinas y era el mejor: ¡el chaval con la mejor puntería de la comarca! o al menos eso decían. Yo era capaz de arrancar una manzana de su rama, sin estropearla.
--¿De una pedrada?
--Sí.
--Eso es imposible –razonó Sonia.
--No si la pedrada se la daba al rabito de la manzana y no a la fruta.
--¡Andá!, ¿acertabas en el rabito? –preguntó la chica.
--Casi siempre –presumía un poco el padre-
--¿Y qué más hacías, papá? –comenzaba a interesarse su hija.
--Me gustaba subirme a los árboles y buscar nidos de pajarillos.
--¿Para llevarte los huevos?
--No, ¡ni hablar!: eso sería una barbaridad. Me gustaba mucho, si había suerte, mirarlos. Una vez vi cómo un pajarín salía de su cascarón. Fue muy emocionante verle tan pequeñito, desvalido, tembloroso. Al poco llegó su madre. Yo me había incorporado un poco más arriba. Era un árbol muy frondoso y me oculté lo mejor que pude. La madre contempló a su retoño, dio unos saltitos y echó a volar. A los pocos minutos volvió de nuevo. Llevaba un gusanito en el pico. El pajarito recién nacido piaba y piaba, y abría la boca de una manera desmesurada. Parecía hambriento. La madre introdujo el pico dentro de la boca de su hijito y allí depositó el gusanillo.
--¡Qué asco!, gusanos... ¡puaf! --exclamó Alberto mientras le daba un escalofrío
--Es lo que comen los pájaros, Albertín. Igual que a ti te gustan los bollos, ellos se pirran por los gusanos, ¿sabes? --le explicó su hermana, sonriendo y con un tono amable, muy poco frecuente en ella.
--¿Y qué pasó luego? --preguntó el niño, ansioso.
--Oscurecía y me bajé del árbol teniendo mucho cuidado de no agitar la rama donde se encontraba el nido por miedo a que este pudiera caer al suelo y dañar al pajarito.
--Jo, papi, nunca te había visto hablar así –dijo Sonia, sonriente, a lo cual su padre contestó sin palabras, dedicándole sonriente un cariñoso pellizco en la barbilla
--Al día siguiente --prosiguió Gonzalo-- volví al árbol. Iba todos los días a observar el crecimiento de Hipitos.
--¿Hipitos? –preguntó Violeta, desorientada.
--Sí, Hipitos. Le puse ese nombre porque piaba de una manera muy curiosa. Decía algo así como: “pío, pío ..hip; pío, pío… hip”. Una cosa muy extraña. Nunca había escuchado piar de esa manera y me hacía mucha gracia.
--Pío pío, hip, pío pío hip... jajajaja –imitaba, juguetón, el niño-- ¿y qué pasó con Hipitos, papi?
--Una tarde, como todas desde que nació, subí al árbol para contemplarlo. El nido estaba vacío. Hipitos no estaba. Lo primero que pensé es que habría salido volando, pero enseguida me di cuenta de que eso era imposible. No tenía las alas hechas y era aún muy pequeñito para volar. No era más que un polluelo. Mientras pensaba esto, escuché el inconfundible trinar de Hipitos. Su “pío pío hip” venía de abajo: del suelo, que estaba lleno de hojarasca.
--¿Qué hiciste, papá? –preguntó Sonia, intrigada.
--Bajé del árbol con mucho cuidad para tratar de no pisar a Hipitos. Me guié por su piar y finalmente lo encontré tembloroso, bajo el manto de hojas que había al pie del árbol. Lo examiné cuidadosamente. No parecía estar muy maltrecho, pero abría el pico todo lo que podía. Parecía estar hambriento. Decidí llevármelo a casa.
--¿Por qué?
--Imaginé que su madre a lo mejor se había marchado, no sé. Pensé que si lo dejaba en el nido correría el riesgo de que se quedase allí, abandonado, solito, y quizá muriera de hambre. Le preparé una caja de zapatos que llené de paja para que estuviese calentito y le di migas de pan que desmenucé con mucho cuidado. Como anocheció enseguida, decidí que al día siguiente saldría muy temprano a buscarle algún gusanito para alimentarlo.
--Qué bonito, papá, dijo Alberto, embelesado.
--Bonito para el pajarillo, pero para el gusanito...
--Jo, eso es verdad, Sonia--caviló el niño.
--El caso es que, de repente…
--¡Aleluya!, ¡ha vuelto la luz! –exclamó Violeta, alzando la voz, pues con la luz volvió también el volumen del televisor, dándoles a todos un pequeño susto-- Huy, son las diez y media, ¡es tardísimo!, me voy a terminar de hacer las croquetas.

Justo en ese instante, el canal de noticias y deportes que tenía sintonizado Gonzalo ofrecía una selección de los mejores goles del mes. Corrió al sofá pues era, para él, el momento más esperado de la noche. Sonia sopló la vela, apagándola, y volvió a encerrarse en su habitación. A los pocos segundos el ritmo de la música junto con la letanía de la televisión acabó definitivamente con el recuerdo del silencio que instantes antes lo invadía todo.

Rufus saltaba alrededor de Alberto, que se había quedado sentado, en la misma silla de la cual no se movió tras volver el fluido eléctrico. Tenía la cabeza gacha y las manos entrelazadas. El perro le hacía monerías y le daba la pata tratando de llamar la atención del niño, que seguía cabizbajo. Como no lograba que reaccionase, corrió a la cocina.

--Rufus, vete –ordenaba Violeta—anda a jugar con Alberto, que yo estoy ocupada. ¡Ruuufuuusss!: deja de tirarme de la falda, hoombre, que me la vas a estropear con los dieeeeentes.

El perro seguía tirando de Violeta, que se percató de que algo ocurría. El perro corría desde donde ella estaba hacia la puerta que comunicaba la cocina con el pasillo que conducía al salón. Iba y venía, haciendo ver a la mujer que, efectivamente, algo sucedía. Dejó en el fregadero la espumadera que blandía en su mano derecha y se dirigió a paso apresurado al salón. Allí vio que su hijo pequeño estaba triste. Se acercó a él, extrañada.

--¿Qué te pasa, hijo?
--Nada.
--¿De verdad?
--No me pasa nada.
--¿Seguro?
--Déjame.
--¿Queréis bajar un poco la voz? No me entero de las noticias –rezongó Gonzalo.

Violeta, tras meditar unos segundos, contempló nuevamente a su hijo que mantenía la misma postura y el semblante triste. Miró levemente a su esposo que seguía enfrascado en sus goles. La esposa, de manera inesperadamente resuelta se dirigió al teléfono, cogió un folleto de publicidad que tenía dentro de una cajita, lo consultó un instante, descolgó el auricular y marcó un número.

--Buenas noches. Sí, queríamos una pizza. Sí, tamaño familiar. Sólo queso y jamón, sí. No, no: no le ponga cebolla ni alcaparras. Sólo jamón y queso. Eeeeeso es. Sí, tome nota: Calle Cántaros, seis, piso trece izquierda. ¿Media hora? Bueno, sí, pero no se retrasen más, ¿eh?. Gracias, adiós.

Gonzalo miraba a su esposa, luego echó un vistazo al pasillo que comunicaba con la cocina y contempló la luz del salón, casi cegadora. Parecía no entender. Finalmente reparó en su hijo que seguía sin prestar atención a los intentos de Rufus para animarle. Se dio cuenta de que su esposa le contemplaba sin decir nada. Meditó unos instantes, volvió a mirar a su hijo que seguía cabizbajo. Se levantó y tras coger la caja de cerillas y sacar una que sujetó entre sus dedos, se dirigió al cajetín de los plomos. Bajó varias palanquitas y de pronto enmudeció la tele y volvió la oscuridad, instantáneamente mitigada por el resplandor de una cerilla que acababa de encender para aplicarla a la vela que nuevamente, con su graciosa llama por sombrerito, volvía a crear un halo de luz al tiempo que exhalaba ese aroma suave y dulzón que traía gratos recuerdos de minutos atrás.

--¿Qué pasa? –preguntó Sonia con fastidio, abriendo la puerta. ¿Otra vez?. Ahora han debido ser los plomos, pues las ventanas del barrio tienen luz.
--Sí, hija; han sido los plomos, pero no han saltado. He sido yo quien los ha quitado. Creo que nos hemos dejado algo a medias.
--¿Algo a medias?
--Sí.
--Creo que sé a qué te refieres. Tienes razón, papá –sonrió la joven.

Todos se sentaron nuevamente alrededor de la mesa al amor de la humilde lucecita.

--¿Y qué pasó con Hipitos, papá? –preguntó el niño, lleno de entusiasmo.

Gonzalo terminó de explicar cómo estuvo alimentando al pajarito hasta que éste creció y decidió, por sí mismo, cuando pudo hacerlo, salir volando para vivir su vida.

Llegó la pizza y todos la comieron escuchando historias fantásticas de Alberto, de las muchas cosas que le ocurren en el colegio. Y las contaba con tanta gracia y desparpajo que todos le escuchaban con gran regocijo. Esto animaba a Alberto, que nunca tuvo tanto protagonismo, sintiéndose feliz, con esa tranquilidad que da el saber que no hay noticias de la tele que aparentasen ser más importantes que sus propias vivencias, que su propio mundo.

Sonia, animada por el éxito de su hermano, relató algo muy divertido que le había ocurrido aquella misma tarde al salir de la biblioteca. Todos rieron mucho. Cuando acabó, Violeta le explicó que cuando ella tenía su edad le tocaba soportar con fastidio que la obligasen a llevar rebequitas de punto con corderos bordados, con lo cual Sonia se tronchaba de risa al tiempo que se sentía aliviada de poder llevar la ropa que a ella le gustaba.

Se hizo muy tarde pero no importaba demasiado: el día siguiente era sábado, no había colegio y los padres tampoco trabajaban por lo que podían permitirse trasnochar un poco, dado el acontecimiento que se había dado en aquella familia, que por vez primera había disfrutado charlando como nunca antes lo habían hecho.

--¿Oís?
--¿El qué? –preguntó Gonzalo.
--Un trino. En la terraza, papá.
--Ahora que lo dices, sí, pero… no es un trino.
--Cómo que no?
--Bueno, sí, lo es, pero... no es un trino cualquiera.
--Parece, por lo que he podido escuchar, que se trata de lo mismo que antes contabas –murmuró Violeta con un leve brillo en sus ojos.
--No, cariño: no lo parece. ¡Es lo que contaba antes, es real!, es…
--¿Es Hipitos, papá?

“Pío, pío… hip; pío, pío… Hip.” se escuchaba, ya, nítidamente.

--Sí, parece Hipitos pero es imposible aunque… es inconfundible; sin embargo… no, no puede ser –balbuceaba Gonzalo, con la piel de gallina, visiblemente emocionado.
--Tal vez sea posible, mi amor –volvía a susurrar Violeta, cálidamente, al oído de su esposo.

Todos se encaminaron a la terraza donde un pajarillo lanzó de nuevo ese piar tan familiar para Gonzalo, justo antes de emprender el vuelo hacia la casa de enfrente, iluminada por una potente lámpara. Segundos después, esa luz se apagó y en la penumbra que se produjo brilló instantes más tarde una lucecita.

Hipitos volaba de ventana en ventana, parándose en cada una de ellas unos momentos tras los cuales en todas ellas sucedía lo mismo: se apagaba la luz eléctrica para acto seguido ser sustituida por un humilde y titilante punto de luz: la luz de un vela.

Y desde todas las ventanas de todas las casas de la ciudad, en semi penumbra, se elevó un murmullo de palabras, de mil conversaciones, que formaron como un manto denso y etéreo a la vez que subía hacia el cielo transportando a Hipitos que se perdió entre las nubes, débilmente iluminado por los rayos de la luna y por miles y miles de ventanas de las que salían pequeñísimos resplandores amarillos, que además de luz llenó de calor familiar a todos aquellos hogares.

Y desde entonces, cada viernes por la noche se repetía la misma situación, porque los habitantes de aquella ciudad, sin excepción, se dieron cuenta de que era una gran idea convertir todos, todos, todos los viernes por la noche en…

¡ Viernes de Velas!